Historia

ALGUNAS FECHAS PARA LA HISTORIA

3 de octubre de 1711: El obispo D. Francisco Zapata Vera Morales solicita que jesuitas vengan a Zamora para formar a los futuros sacerdotes.

27 de julio de 1716: El obispo confirma la cesión del párroco de San Andrés y Santa Eulalia de la iglesia de San Andrés a los jesuitas.

1 de marzo de 1719: Comienzan las obras de construcción del Seminario, bajo la dirección del maestro José de Barcia, vecino de Zamora, que asiste “a toda la obra sin querer llevar cosa alguna por su trabajo”. Se acarrean materiales: piedra (de las canteras de Cantabrana, por encima de San Lázaro, Pasos, de la Rosa, Peñausende y Fuentelcarnero), teja y ladrillo (El Perdigón y Olivares), pizarra (Cañal de Guerra y monte de San Julián).

14 de enero de 1720: Fallecimiento del obispo D. Francisco Zapata Vera y Morales (1703-1720).

Octubre de 1721: Finalizadas las obras de acondicionamiento, los jesuitas colocan el sagrario en San Andrés con toda solemnidad.
Funciona la casa de ejercitantes y seminario de ordenandos con el nombre de Colegio de San Andrés.

1723: Se empiedra la plaza del Seminario.

4 de enero de 1727: Fallecimiento del obispo D. José Gabriel Zapata Vera y Morales (1720-1727).

1729 y ss: Se realiza el sepulcro de los fundadores en la iglesia de San Andrés.

1733-1737: Se deshace la torre antigua de la iglesia de San Andrés y se hacen los tres cuerpos de la torre actual, ajustada con el maestro de obras Bentura Vicente.

2 de abril de 1767: Real Pragmática de Carlos III expulsando a los jesuitas de España.

25 de agosto de 1769: Real Cédula de Carlos III en la que se aplica para futuro Seminario Conciliar el antiguo Colegio de la Compañía, obligando a que se pongan las armas reales o de S.M. sobre las puertas.

5 de octubre de 1797: El obispo D. Ramón Falcón de Salcedo (1794-1803) inaugura solemnemente el Seminario Conciliar bajo el patrocinio de San Atilano.

27 de abril de 1798: Real Cédula por la que se incorporan los estudios del Seminario a la Universidad de Salamanca.

1799: D. Ramón Falcón de Salcedo promulga las constituciones del Seminario, aprobadas por el Consejo de Castilla.

1809: Se interrumpe el curso del Seminario debido a la invasión francesa y un años después los franceses ocupan el edificio para almacenes, cuartel y hospital y dejan “desde aquel momento a todos en el triste desconsuelo de verle desierto, ollado, saqueado, privándoles hasta de la esperanza de proseguir algún día”.

Curso 1818-1819: Se repara el piso alto para acoger mayor número de alumnos.

1916: Se coloca una placa de bronce en la fachada principal del Seminario en homenaje al ilustre físico e inventor, constructor de la máquina electrostática “La Centella”, D. Eugenio Cuadrado Benéitez (1855-1915), presbítero y antiguo catedrático de Física y Química del Seminario.

1922-1923. El obispo D. Antonio Alvaro y Ballano (1914-1927) realiza una importante reforma y ampliación en el Seminario a cargo del maestro de obras D. Francisco Nieto, bajo la dirección del Arquitecto municipal D. Gregorio Arribas. Entre estas obras de mejora se llevó a cabo la construcción completamente nueva del tercer piso.

Agosto de 1947- enero de 1948: Se realizan obras de reforma y ampliación del Seminario con la construcción del nuevo pabellón de la Cuesta del Piñedo bajo la dirección del arquitecto diocesano D. Enrique Crespo Álvarez.

Entre los años 2001 y 2008 tuvo lugar la rehabilitación integral del edificio.

EL EDIFICIO

En 1711 el entonces obispo de Zamora D. Francisco Zapata pedía al superior de la Compañía de Jesús a que los jesuitas se estableciesen en Zamora y se encargaran de la formación académica de los jóvenes de la ciudad de Zamora y de la formación sacerdotal.

El edificio que albergaría a estos jesuitas comenzaría a construirse el 1 de marzo de 1719, por el cuarto tangente a la iglesia de San Andrés ocupando el espacio de la calle que por allí discurría. El director de las obras fue D. José de Barcia y éste fue, sin lugar a dudas, su mejor proyecto. Barcia era el más dotado de una saga de maestros arquitectos de origen gallego, que se establecieron en Zamora desde el siglo XVII. Asistió a toda la obra sin querer llevar cosa alguna por su trabajo. Para su construcción se acarrearon diversos materiales: piedra de las canteras de Cantabrana, por encima de San Lázaro, de los Pasos, de la Rosa, de Peñausende y de Fuentelcarnero; teja y ladrillo de El Perdigón y de Olivares, pizarra de Cañal de Guerra y del monte de San Julián.

En octubre de 1721, finalizadas las obras de acondicionamiento, los jesuitas colocaron con toda solemnidad el sagrario en San Andrés, invitando a todas las autoridades a dicho acto. Dos años después, en 1723 se empedraba la plaza situada ante sus puertas.

Tras la expulsión de los jesuitas, se instaló en este edificio el Seminario Conciliar San Atilano abrió sus puertas el 5 de octubre de 1797 bajo el patrocinio de San Atilano.

Unos años después, en 1809 se interrumpía el curso del Seminario debido a la invasión francesa. Los franceses ocuparon el edificio y lo destinaron para almacenes, cuartel y hospital, sufriendo todo él un gran deterioro y desapareciendo cuanto en él había. En 1815 el obispo Inguanzo Rivero lo rehabilitó de nuevo inaugurando el curso escolar el 30 de noviembre de ese mismo año.

El 14 de octubre de 1850 se terminó el cuarto lienzo del claustro conforme a la antigua fábrica. En dicha obra se construyó la crujía del claustro situada hacia levante bajo la dirección del maestro de obras D. José Pérez. Trabajaron en las obras cinco carpinteros, once labrantes, varios albañiles y doce peones.

Años después entre abril de 1922 y junio de 1923 se llevaron a cabo unas importantes obras de ampliación y reforma en el Seminario por el maestro de obras D. Francisco Nieto, bajo la dirección del Arquitecto municipal D. Gregorio Arribas. Entre estas obras de mejora se llevó a cabo la construcción completamente nueva del tercer piso con treinta y ocho habitaciones unipersonales. En el exterior se empleó mampostería concertada y sillería, según las exigencias de la edificación antigua; en el interior se utilizó ladrillo macizo para la división y estructuración de las habitaciones. El patio quedó intacto pues la construcción del nuevo piso no afectó más que a la mitad posterior del tejado del mismo. La escalera principal se continuaba hasta el último piso con el antiguo clásico balaustre de madera pintado de color gris perla y conservando la amplitud que tenía.

El 18 de marzo de 1947 se concedió una ayuda oficial de cuarenta millones para la ampliación y construcción de Seminarios y templos parroquiales. Con esta ayuda, desde agosto de 1947 a enero de 1948, se realizaron obras de reforma y ampliación del Seminario construyéndose el cuerpo superior de la portada y el nuevo pabellón de la Cuesta del Piñedo para albergar el Seminario Menor. Las obras fueron ejecutadas bajo la dirección del arquitecto diocesano D. Enrique Crespo Álvarez.

DESCRIPCIÓN DEL EDIFICIO

El edificio consta de cuatro plantas, estando en la actualidad en funcionamiento como Seminario Menor Diocesano. De todo su conjunto merece una especial atención el claustro o patio interior, hoy muy deteriorado y con necesidad de un proyecto que restaure la concepción original del arquitecto para lo cual se tramita esta memoria al objeto de solicitar una obra considerada necesaria y urgente.

De las cuatro crujías del claustro, tres fueron construidas en el siglo XVIII bajo la sabia dirección de José de Barcia y la cuarta fue realizada en 1850 a cargo de José Pérez, según el proyecto original. En el terreno puramente arquitectónico, el patio está caracterizado por su sencillez compositiva y por su austeridad decorativa. Cada uno de sus cuatro lados se articula en tres pisos, separados por cornisas molduradas, y en cinco calles, divididas por pilastras. Estas pilastras son lisas en el cuerpo inferior y cajeadas en los dos cuerpos superiores. El cuerpo inferior tiene cuatro puertas situadas en el tramo central de cada uno de los lados. El resto de los vanos de ese cuerpo son ventanas. Los dos cuerpos superiores, de mayor altura el intermedio que el superior, presentan idénticas balconadas con antepechos de hierro forjado. Todas las puertas, balcones y ventanas, van recercados por molduras pétreas y su cerramiento es de madera y cristal.

Todo el interior del patio se halla pavimentado con losas graníticas labradas y, en el centro, existe un pozo con brocal de piedra y adornos metálicos. Los alzados del patio, cuyo aparejo es de sillería, presentan un importante deterioro en su estado de conservación. A la proliferación de masas vegetales, por la acción de la lluvia, hay que añadir la pérdida de volumetría de las cornisas y la pérdida de perfiles de las basas de las pilastras.

Esta construcción del claustro responde a la función propia, que una edificación de estas características necesita. En torno a él se distribuían las diferentes estancias que albergaba el edificio: cocina, comedor, clases, dormitorios, biblioteca, estudios, etc.; uniendo los diversos pisos con dos escaleras interiores, una situada en la esquina del noroeste, junto a la puerta de entrada y la otra abierta en el ángulo opuesto. El claustro cumplía así su primera función consistente en distribuir los espacios interiores. Sin embargo, en un régimen de internado, en el que se potenciaba fundamentalmente la vida comunitaria y académica, con escasas relaciones hacia el exterior, el claustro debía ofrecer un espacio adecuado para el paseo, la conversación y el esparcimiento ocioso. Una construcción abierta al estilo de los claustros monásticos hubiera sido muy poco práctica para el desarrollo de las clases. En efecto, los claustros construidos en los monasterios estaban pensados fundamentalmente para el paseo orante y para el recogimiento interior, pero aquí las necesidades eran otras: la vida académica y el descanso. De este modo, el arquitecto, siguiendo el criterio que los padres jesuitas emplearon en otras de sus edificaciones, diseñó un claustro cerrado al modo de un patio interior que permitiera desarrollar la actividad lectiva diaria aislándola de los vientos otoñales, los fríos invernales y las lluvias primaverales. Liberó la pesadez de sus muros abriendo grandes ventanales que permitiesen la entrada de una abundante luz que facilitara la lectura. No existe en toda la provincia de Zamora otro claustro con características similares a éste. Su sobrio diseño de líneas sencillas y rectas, su escasa decoración y su armonía, hacen de él un magnífico exponente de la incipiente arquitectura ilustrada que por aquellos tiempos comenzaba a florecer en la España borbónica. Es un claro ejemplo de la preocupación ilustrada por la educación y un testimonio de la presencia de los jesuitas por estas tierras.

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